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¿Estás reaccionando a lo que ocurre o a lo que ya viviste?

Actualizado: hace 2 días


Hay situaciones que, vistas desde fuera, parecen pequeñas. Un mensaje que tarda más de lo habitual. Una respuesta más seca. Alguien que cambia de tono. Una crítica que quizá no pretendía ser tan importante. Una persona que se distancia un poco o un plan que no sale como esperábamos.

Y, sin embargo, algo dentro de nosotros se activa con una intensidad que no parece corresponder del todo con lo que acaba de ocurrir.

Nos enfadamos más de lo que querríamos. Empezamos a darle vueltas. Sentimos rechazo, abandono, inseguridad o la necesidad inmediata de explicar lo que hemos hecho. Buscamos señales, interpretamos silencios, imaginamos intenciones. A veces incluso sabemos que nuestra reacción es desproporcionada y, aun así, no conseguimos evitarla.

Porque no siempre reaccionamos únicamente al presente.

También reaccionamos desde todo lo que hemos aprendido a esperar de él.


El presente no llega a nosotros completamente limpio

Cada experiencia que vivimos va dejando información. Aprendemos qué situaciones nos hacen sentir seguros, cuáles nos incomodan, qué comportamientos asociamos al rechazo, qué necesitamos hacer para sentirnos aceptados o cuándo creemos que debemos protegernos.

Y ese aprendizaje no desaparece simplemente porque cambie el escenario.


Si durante mucho tiempo has sentido que equivocarte suponía decepcionar a alguien, es posible que hoy una crítica te afecte mucho más de lo que aparentemente debería. Si has vivido relaciones en las que el silencio precedía a un conflicto o a un distanciamiento, quizá ahora un mensaje sin responder active rápidamente la sensación de que algo va mal. Si has tenido que justificar constantemente tus decisiones para que fueran aceptadas, probablemente te sorprendas todavía explicándote incluso cuando nadie te está pidiendo explicaciones.

El problema es que, cuando esto ocurre, rara vez pensamos: esto me está recordando a algo que viví.


Lo que sentimos parece completamente actual.

Estamos convencidos de que estamos reaccionando a esa conversación, a esa persona o a ese gesto concreto. Pero nuestra interpretación del presente nunca parte completamente de cero. La construimos también con experiencias anteriores, expectativas y formas de protegernos que hemos ido incorporando con el tiempo.

Por eso dos personas pueden vivir exactamente la misma situación y sentir cosas completamente diferentes.


Lo que ocurre y lo que interpretamos no siempre son lo mismo

Imagina que alguien importante para ti está más distante durante unos días.

El hecho es relativamente sencillo: esa persona está comunicándose menos.

A partir de ahí pueden aparecer muchas historias.


“Ya no le intereso.”

“He hecho algo mal.”

“Está enfadado conmigo.”

“Esto siempre acaba igual.”


Y en apenas unos minutos hemos pasado de observar un comportamiento a construir una explicación completa sobre lo que significa.

No porque queramos complicarnos la vida, sino porque nuestra mente intenta reducir la incertidumbre. Busca referencias conocidas para comprender lo que está ocurriendo. Y cuando una situación se parece mínimamente a algo que nos hizo daño en el pasado, es fácil completar los espacios que todavía no conocemos con información antigua.

Entonces dejamos de relacionarnos únicamente con lo que está pasando y empezamos también a relacionarnos con lo que tememos que vuelva a pasar.

Ahí es donde muchas veces nace la reacción.


Podemos reclamar antes de saber qué ocurre, alejarnos para evitar que nos abandonen, ponernos a la defensiva ante una crítica que todavía no hemos escuchado completamente o buscar desesperadamente una seguridad que nadie nos había quitado.

Y lo curioso es que, cuanto más automática es nuestra respuesta, más real nos parece nuestra interpretación.


Una reacción intensa también puede contener información

Esto no significa que debamos desconfiar de todo lo que sentimos.

Nuestras emociones pueden estar avisándonos de que algo no nos gusta, de que alguien está cruzando un límite o de que una situación realmente no nos hace bien. Aprender a observar nuestros patrones no consiste en invalidarnos ni en convencernos de que todo está “en nuestra cabeza”.

Consiste precisamente en aprender a distinguir.


Preguntarnos cuánto de lo que sentimos pertenece a lo que está ocurriendo ahora y cuánto puede estar relacionado con algo anterior.

Porque a veces la situación actual sí merece una respuesta. Lo que cambia es desde dónde respondemos.


No es lo mismo decir esto que estás haciendo no me gusta después de haber observado lo que está sucediendo que reaccionar inmediatamente desde el miedo a que vuelva a repetirse una historia que conocemos demasiado bien.


La emoción puede ser la misma. La diferencia está en el grado de conciencia con el que actuamos después.


El pasado también puede disfrazarse de intuición

Hay una frase que repetimos con frecuencia:

“Yo estas cosas las noto”.

Y probablemente muchas veces sea cierto.

La experiencia nos ayuda a reconocer patrones y captar pequeños cambios en los demás. Pero también puede ocurrir lo contrario: que precisamente porque conocemos demasiado bien una determinada historia, empecemos a verla antes de que realmente esté ocurriendo.

No todo lo que se parece a algo del pasado va a terminar de la misma manera.

No todas las personas que necesitan espacio están alejándose de nosotros. No todas las críticas significan rechazo. No todos los silencios esconden un problema. No todos los errores van a tener las mismas consecuencias que tuvieron alguna vez.


Cuando hemos aprendido a protegernos de una situación concreta, podemos volvernos extraordinariamente sensibles a cualquier señal que se le parezca.


Y ahí aparece una pregunta incómoda pero muy útil:

¿Estoy viendo lo que está ocurriendo o estoy intentando anticiparme a lo que temo que ocurra?


No siempre tendremos una respuesta inmediata. Pero empezar a hacernos esa pregunta ya cambia la posición desde la que observamos la situación.


Crear un pequeño espacio antes de responder

Vivir con más conciencia no significa dejar de reaccionar emocionalmente. Sería imposible.

Significa empezar a reconocer ese pequeño intervalo que existe entre lo que sucede y lo que hacemos con ello.

A veces serán apenas unos segundos. Otras necesitaremos unas horas, dormir, caminar, escribir o hablar con alguien antes de comprender qué nos ha removido realmente.

Ese espacio permite que aparezcan preguntas que no suelen existir cuando estamos reaccionando automáticamente.


¿Qué ha ocurrido exactamente?

¿Qué estoy interpretando?

¿Qué sé y qué estoy suponiendo?

¿Esta sensación me resulta conocida?

¿Estoy respondiendo a esta persona o a algo que esta situación representa para mí?


No se trata de analizar cada conversación hasta convertir nuestra vida en un ejercicio permanente de introspección. Se trata de aprender a reconocer aquellas situaciones en las que nuestra reacción parece estar contando una historia más grande que el acontecimiento que tenemos delante.

Porque normalmente ahí hay algo que merece nuestra atención.


No podemos cambiar lo que vivimos, pero sí dejar de repetirlo automáticamente

El pasado forma parte de nosotros. Nos ha enseñado, nos ha condicionado y también nos ha ayudado a protegernos.

Pero una estrategia que tuvo sentido en otro momento no tiene por qué seguir siendo necesaria siempre.

Quizá antes necesitabas estar pendiente de cada pequeño cambio para anticiparte a un conflicto. Quizá aprendiste a agradar para sentirte aceptado. A justificarte para evitar una discusión. A retirarte antes de que pudieran rechazarte. A controlar para sentir seguridad.


Entenderlo no significa juzgar la persona que fuiste.


Significa reconocer que hoy quizá puedes elegir de otra manera.

Y probablemente ahí empiece una de las formas más profundas de vivir con conciencia: dejar de preguntarnos únicamente qué está haciendo el otro y empezar a observar también qué se está activando dentro de nosotros.


Porque algunas veces estaremos respondiendo a lo que está ocurriendo.


Y otras, sin darnos cuenta, estaremos intentando protegernos de algo que ya pasó.


Si quieres profundizar en cómo tus experiencias anteriores pueden estar influyendo en la forma en la que interpretas y reaccionas a lo que te ocurre hoy, suscríbete para recibir ejercicios y herramientas que te ayuden a observar estos patrones con más conciencia y trabajarlos en tu día a día.



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